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    22

    2016
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El rugby como herramienta de inclusión social

El rugby como herramienta de inclusión social

En Tierra del Fuego, lo que comenzó como una campaña solidaria derivó en la formación de un club.

Diez horas de trabajo comunitario terminaron convirtiéndose en un club deportivo. La materia escolar Proyecto de Investigación e Intervención Sociocomunitaria se transformó en el Guadalupe Rugby Club. Los alumnos del tercer año del Polimodal del Instituto María Auxiliadora, de Río Grande, Tierra del Fuego, fundaron un movimiento social ejemplar.

Un gran proyecto de voluntariado recreó un espacio común de compromiso comunal para albergar e involucrar a alumnos, docentes, padres y vecinos. Mediante un programa de responsabilidad escolar, los estudiantes debían reportar para una materia de carácter cultural el desarrollo de una meta con fines inclusivos: consistía, básicamente, en ayudar a los demás. La intención era darle contención y apoyo escolar a niños de un barrio marginado, El Mirador. El mero trabajo de campo de una extensión de diez horas superó las expectativas de docentes y directores: hoy allí luce el “Guadalupe Rugby Club”, en homenaje al nombre que lleva la capilla Virgen de Guadalupe del barrio.

El rugby fue el deporte elegido para inculcar una serie de valores medulares para la gestación de una personalidad prematura. Formar chicos pensantes, críticos, sensibles, solidarios, comprometidos con sus pares es el propósito de este emprendimiento. Al desempeño de los alumnos en su asignatura se le sumaron las voluntades de los padres, inspirados por el compromiso de sus hijos.

“Lo más difícil para ser solidario es donar tiempo”, contó César Gómez, docente y encargado. El profesor destacó, a la vez, la doble enseñanza que deja tanto a los alumnos del colegio como a los niños del barrio: “No es el mismo un chico que se egresa del colegio habiendo pasado por el voluntariado a aquel que no pasó por acá”.

El proyecto surgió en 2013 y ya lleva tres años de éxito. “Las puertas están abiertas a cualquier persona, entidad, firma, en definitiva, a todos porque lo único que hace falta es tener ganas y necesidad de darle y dejarle algo a los chicos que es el objetivo primordial”, invitó la directora del colegio, Ana María Lovisolo. Quien añadió que desde la institución también se impulsan otras campañas solidarias: “pies secos”, una donación de medias y botas para los más necesitados, y “de los pies al corazón”, un servicio para tejer colchas con medias de nylon.

“Un mediodía volvía de trabajar y vi a dos niños comiendo en un volquete”. Ese fue el detonante para Nilda Muñoz, “Pochi” para los amigos, empezara hace ocho años con un proyecto familiar con neto compromiso social. Ambientó un espacio para darle de comer a niños despojados de sus derechos básicos. Hoy se enorgullece en contar diariamente a 190 niños y adultos con las panzas llenas.

El deseo de Pochi era administrar un comedor comunitario. La primera vez que “Puentes de Esperanza” visitó el hogar fue en 2013, momento en que Nilda aprovechó para solicitar los materiales necesarios para levantar las paredes del recinto. Primero recibió una donación de 2000 ladrillos, luego una señora le regaló ventanas, puertas y material de construcción. Al año siguiente recibió 4000 ladrillos gracias al aporte de vecinos solidarios. Su sueño se convirtió en realidad. Para “Pochi” el comedor es un lugar muy importante en su vida: “Si a mi me falta el comedor, me cortan las manos”.

Fuentes: Infobae y Puentes de Esperanza

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